Vestidos victorianos: dime qué llevas y te diré quién eres.

Los vestidos victorianos son una de las imágenes emblemáticas de esta época, ¿verdad? Lo cierto es que aunque el siglo XIX cambió por completo la forma de entender tanto la producción como las prendas del traje europeo, en general el vestido victoriano se debatió continuamente entre aspectos que hoy nos parecen totalmente retrógrados y novedades absolutamente revolucionarias.

Ir a ver los vestidos

Las prendas que se vestían y la forma en que se llevaban estaban sujetas a estrictos códigos morales que vigilaban hasta el más mínimo detalle. Uno de los aspectos esenciales de los vestidos victorianos, sobre todo para las mujeres, era vestir de acuerdo a su estatus y estado.

Vestir de acuerdo a la clase social

Con la aparición de un sistema de clases basado en el poder adquisitivo, y no sólo en los derechos de nacimiento, el vestido victoriano se convirtió en un reflejo fiel de la posición social ocupabas. Curiosamente, para los hombres supuso un cambio trascendental: como su posición social pasaba a depender de sus habilidades como empresarios o trabajadores, sus prendas para el día a día se hicieron mucho más sobrias.

Sencillamente resultaba imposible que un petimetre rococó vestido de seda y con tacones se desenvolviera en negocios, comercios urbanos, fábricas… y el rol de exhibir la riqueza conseguida mediante la ropa victoriana, pasó a recaer de pleno sobre sus mujeres.

Vestidos victorianos: Un estilo para cada edad

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La delicadeza infantil

Durante el siglo XIX niños y niñas comienzan a vestir como tales. Hasta entonces sus prendas eran versiones en miniatura de las de los adultos. El Romanticismo trajo consigo la concepción de la infancia como un periodo muy particular de la vida, con unas necesidades concretas, entre las que también estaba el vestido.

Mientras usaban pañales se les consideraba bebés, y sus trajecitos eran neutros en cuanto a patrón (aunque hoy nos parezcan todos de niña por sus adornos). Se les llevaba con pañal y faldones para facilitar el cambio. Cuando crecían, se les hacían trajes infantiles, ya con sexualidad diferenciada.

La fragilidad de la adolescencia

La infancia se prolongaba hasta pasados los 14 años, y en muchos casos las niñas seguían vistiéndose como tales hasta que se las presentaba en sociedad, con el fin de mostrar su disponibilidad para casarse. Desde ese momento su ropa cambiaba por completo. A partir de entonces, los vestidos victorianos tenían un objetivo claro: encontrar un buen partido, es decir, era el momento de los vestidos victorianos más espectaculares.

La exuberancia de las jóvenes:

Una mujer joven y que no estaba casada se vestía con prendas confeccionadas con materiales opulentos pero siempre ligeros y (si la época del año lo permitía) también vaporosos. Quizá, estos sean los vestidos de la época victoriana que más presentes están en el imaginario social.

Normalmente sus trajes eran de colores muy claros o intensos y brillantes, con abundancia de adornos de encaje y guirnaldas de flores aplicadas. Los escotes eran generosos, no tanto por mostrar nada (que no lo hacían) sino por los corsés que utilizaban para proyectarlos.

Existía la idea de que la cintura (medida en pulgadas) debía ser proporcional con la edad: por ejemplo 20 años = 20 pulgadas, es decir, 50 cm de diámetro. Pero como en general cuanto más estrecha la cintura mejor, algunas se quitaban años con esta técnica.

El recato de las adultas:

En realidad deberíamos decir más bien las mujeres casadas. Vestían con toda la elegancia que les era posible, porque se consideraban representantes de la condición social de sus maridos. Cuando se quedaban embarazadas y daban a luz simplemente desaparecían del foco público, y restringían sus visitas sociales a círculos muy cerrados.

Eras las que realmente llevaban los vestidos victorianos con las prendas más caras y también las mejores joyas. Si bien gasas y sedas ligeras quedaban más o menos descartadas para un outfit completo, en realidad eran quienes contaban con mayores medios y seguían las modas a pies juntillas.

La sobriedad de las ancianas:

A nuestros ojos seguirían siendo mujeres adultas, pero hay que tener en cuenta que las condiciones de vida (incluso en el caso de las más acomodadas) hacían que a partir de los 45 una mujer comenzase a considerarse más que madura. La austeridad se utilizaba como una forma de expresión solemne en el vestir, pero en ningún caso implicaba prendas o materiales pobres.

El luto:

Afectaba a hombres y mujeres, pero no en la misma medida. Particularmente las viudas tenían un estatus muy particular dentro del luto, ya que para ellas guardarlo se consideraba una forma de decencia. Es decir, no sólo afectaba a la memoria del finado, sino que se interpretaba como una expresión de la altura moral de la viuda.

Debido a las circunstancias en que se producían muchos matrimonios y a que el estado de viuda podía alcanzar a una mujer en cualquier momento desde su más temprana juventud, el vestido victoriano de luto se desarrolló con fastuosidad, creando incluso sus propios elementos para el lujo.

Vestir como un caballero

Aunque el dandismo pegó muy fuerte durante el siglo XIX, y las modas románticas propiciaron el uso de determinadas prendas para expresar una forma de entender la vida, los caballeros victorianos se distinguían por cosas muy concretas:

  1. Traje y camisa hechos a medida
  2. Pañuelo y medias de seda
  3. Bastón. Era un imprescindible para cualquier hombre, sin importar la edad. Desde el siglo XVIII se fabricaban con un hueco para introducir viales de perfume, además de armas.
  4. Reloj de bolsillo
  5. Sombrero y guantes
  6. Monóculo o gafas. El primero podía usarse como una especie de lupa, y las gafas se llegaron a llevar incluso sin cristales.
  7. Slippers de cuero fino para actos de gala y botines finos con algo de tacón a diario.
  8. Paraguas. Puede parecernos una cosa de lo más normal, pero poseer un paraguas propio era un lujo absoluto en ciudades como Londres o París.

 Los tres estados de los vestidos victorianos

Las prendas del vestido victoriano no variaban demasiado de invierto a verano, porque los abrigos eran algo que la mayoría no podía permitirse. En lo que sí había una estratificación clara era en el estado de la ropa cuando se estrenaba.

  • En el mejor de los casos, el propio hogar contaba con una o varias costureras. Además, el marido acudía a su sastre de confianza, y la esposa a la modista. Incluso las zapatos se hacían a medida, si bien desde mediados de siglo la comercialización industrial por tallas se popularizó.
  • Los que podían permitírselo, compraban ropa confeccionada industrialmente. Eran prendas nuevas, comercializadas por tallas al igual que los zapatos. Cubrían un amplio espectro de opciones, desde básicos de ínfima calidad hasta prendas de lujo: aunque el verdadero lujo seguía reservado para la confección a medida.
  • Los más pobres adquirían sus prendas de segunda mano, en establecimientos encargados de comercializar trajes, vestidos, zapatos… que ya habían sido usados y presentaban diferentes niveles de deterioro y suciedad.

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Estos vestidos son recreaciones, pero igualmente nos han parecido una maravilla.