Lencería victoriana

El guardarropa femenino en la época victoriana tiene en la lencería uno de sus secretos mejor guardados… y también más deseados. Utilizada como fuente habitual de inspiración para la ropa interior más sexi, en la actualidad la mayoría nos conformamos con llevar ropa interior de estilo victoriano, en lugar de soportar las estrecheces y restricción de movimientos de las prendas originales.

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*Además, pulsando en cada una de las fotos puedes ir a la tienda que las vende.

La lencería victoriana (1837-1901) comprendía un conjunto de prendas bastante amplio. Para ser precisos, es necesario distinguir entre lencería y ropa interior. En realidad la lencería abarcaba todas aquellas prendas de “lienzo”, a menudo decoradas con lazos y encajes, incluyendo hasta sábanas y complementos de boudoir de carácter íntimo.

Aunque usando una terminología actualizada hablamos de ropa interior, en realidad la lencería victoriana contemplaba diferentes grados de “visibilidad” para sus prendas íntimas.

Los antecedentes: vestidos gaseosos neoclásicos

Los vestidos en tonos blancos y naturales que llevaban las mujeres del periodo neoclásico, y particularmente su característico plumetti, tuvieron una gran influencia en las prendas de boudoir victorianas.

Lejos de lo que pueda parecer a primera vista, estas prendas estaban férreamente construidas en su patronaje. Su efecto volátil y ligero, evocando las telas que se veían en las esculturas del mundo clásico, era sólo una apariencia.

Estos vestidos que hoy diríamos de estética lencera o incluso vestidos camiseros, tenían una armazón sofisticada, que mantenía “todo en su sitio”  partir de una especie de pieza romboidal en la zona de la espalda.

Así, aunque su aspecto no pueda diferir más de los que luego serán las sucesivas modas victorianas, en su esencia ya anticipan muchos de los aspectos característicos de la lencería victoriana:

  • Escotes amplios que crean una línea horizontal sobre el pecho, remarcando su volumen.
  • Tejidos suaves y ligeros
  • Gusto por la transparencia y la incrustación de encajes
  • Silueta muy marcada, particularmente en el busto y los hombros

Hasta cierto punto puede decirse que el aire empolvado de los vestidos neoclásicos y los pasteles dieciochescos que les siguieron, están en las raíces de la lencería victoriana. Pero no nos engañemos, igual que las túnicas de las esculturas clásicas estuvieron en su día potentemente coloreadas, las enaguas y otras prendas íntimas victorianas se surtieron también de lo más intenso de la gama cromática.

En realidad, gran parte del imaginario lencero victoriano se lo debemos a los pastiches neogóticos de finales del XIX y comienzos del XX. Ahí es donde ciertamente residen los tonos apastelados, más propios del Rococó que de lo victoriano.

La sensualidad de la lencería victoriana

La seda, uno de los materiales más deseables en contacto con la piel, seguía siendo en época victoriana un lujo al alcance de unos pocos. En realidad, este material resulta poco práctico a la hora de confeccionar prendas íntimas, ya que no soporta bien ni los lavados ni la acidez de la sudoración.

Durante las sucesivas fases de industrialización que tuvieron lugar en la era victoriana, en Reino Unido proliferaron las manufacturas textiles en el norte de Inglaterra, los territorios de Escocia e Irlanda. Y aunque la mayoría de la gente confeccionaba sus propias prendas íntimas (a veces por encargo a modistas especializadas y bordadoras) la industria de las prendas interiores en masa comienza en este momento.

Los nuevos materiales se incorporaron también a las prendas más íntimas del vestuario. Las “ballenas” de los corsets están entre los más famosos, pero el caucho de los elásticos, el nácar importando de las colonias (principalmente usado en botones) y otros muchos nuevos materiales, encontraron su lugar también en la parte más reservada de los armarios victorianos.

Si algo caracteriza a la lencería victoriana es la sensualidad en sus colores y tacto… incluso en su sonoridad, si pensamos en el “fru frú” de las enaguas de seda más tiesas. Y aunque nuestro imaginario nos lleva a pensar en tejidos lisos o con un sutil estampado, también se hicieron prendas de lo más vistosas para deleite de propios y ajenos.

¿De qué estaba hecha la lencería victoriana?

El tejido más habitual para estas prendas era el algodón, y la lana fina en el caso de las que se llevaban en invierno. Había incluso enaguas rellenas de plumas para calentarse. Pero también podía utilizarse otro tipo de fibra vegetal suave como el lino. La profusión decorativa no solo hablaba del gusto de la portadora, sino que también era un fiel retrato de su capacidad adquisitiva.

Los lazos, florecitas de seda, pasamanerías y por supuesto, los encajes, formaban parte de muchas de las prendas más delicadas y exquisitas, pero no eran habituales en las más cotidianas, ya que dificultaban su limpieza e higiene.

Las prendas que componen la lencería victoriana femenina

Cuando pensamos en el traje victoriano (y de muchas otras épocas) hay que tener presente el momento y los estratos. Cada traje se viste para un momento del día o actividad concreta, con una jerarquía de capas que se suceden una tras otra, desde dentro hacia fuera.

Es durante el Romanticismo cuando los niños empiezan a contar con un vestuario propio y dejan de vestir con un traje adulto en miniatura, pero en general la ropa interior de niñas y mujeres era muy parecida. Si te preguntas si las niñas victorianas llevaban corsets… lamentamos decir que tenían sus prendas adaptadas, y aunque no eran propiamente como las de las mujeres adultas, se consideraba que llevarlas era importante para su postura y modales.

Pese a utilizarse en distintos ambientes y momentos, toda la lencería femenina victoria tiene en común su carácter íntimo. Algunas de estas prendas se vestían solo en privado, y otras se llevaban en público pero siempre ocultas. Que no fueran visibles al resto no quiere decir que no tuvieran una gran importancia, ya que para muchas mujeres estaban estrechamente ligadas a su propia concepción corporal y moral.

Los tres grandes grupos de prendas íntimas victorianas

  • Ropa interior
  • Prendas de boudoir
  • Accesorios íntimos

En este video puedes ver cómo las cualidades de la femineididad, como centro de la familia victoriana, se traducen en su aspecto y silueta. En gran medida esta silueta «imposible» de una forma natural, está conseguida mediante la estructura de la corsetería y prendas interiores que vestían.

La moral de la lencería victoriana

La idea de que la vida sexual victoriana estaba sometida a pesadas cargas morales, con altas dosis de represión, se ha instaurado en la cabeza de la mayoría de nosotros. Los puntos candentes (sin segundas intenciones) de las mujeres recorrían partes de su cuerpo que ahora nos sorprenden, comenzando por los tobillos, que según cómo y dónde se mostraban con picardía subida de tono.

En defensa de los victorianos, hay que decir que este tipo de remilgos no era solo cosa suya. A lo largo de la historia de la humanidad hay una larga lista de protocolos que ahora nos resultan por demás absurdos.

La higiene tal y como la entendemos hoy en día en relación a la ropa interior, hunde sus raíces en el siglo XVIII. De hecho, el color blanco de estas prendas (blanqueadas en sus fibras naturales) es una reminiscencia directa de aquella idea de “limpieza” que la moral acabó asociando también con la “pureza”, dada su cercanía con los genitales y partes pudendas.

Resumiendo, digamos que tras siglos y siglos de cultura revisada por prerrafaelitas, románticos y neogóticos, y dado que la imaginación no tiene límites (tampoco en el campo sexual) los puritanos de la Era Victoriana se encontraron con un festival de complejos e ideas retorcidas que dieron lugar a algunas de las prendas más descabelladas, con el corsé en lo alto del pódium.

Bendita doble moral victoriana

Durante el XIX tuvo lugar la connivencia de ideas en principio tan opuestas como los contratos matrimoniales y el amor romántico. Por un lado los ideales más pragmáticos: por otro la exaltación de la emoción sobre la razón. Este tipo de pensamientos encontrados, junto con una disponibilidad de medios materiales y técnicos como nunca antes se había disfrutado en Europa, dio lugar a la creación de excepcionales prendas de ropa íntima.

La ropa interior nunca ha sido tan íntima como en este momento. No porque se resguardara más que antes de miradas externas, sino porque entonces lo emocional se valora tan profusamente que está más ligada a la psique del individuo de lo que parece haber estado nunca antes.

Ropa interior victoriana

Bragas o pololos Medias, calzas, calcetines Camisa suelta Corsé o corset Crinolina Cubrecorsé Enaguas

Consistía en todas aquellas prendas vestidas a diario por cualquier mujer de la época, siempre debajo del vestido. Eran totalmente privadas e indispensables para salir a la calle bajo cualquier circunstancia, si bien nunca se mostraban:

Bragas o pololos

Eran algo así como unos pantalones anchos con una abertura central.

Medias, calzas, calcetines


Sujetos con ligas, a menudo tenían calados y delicados bordados decorativos. Hasta la industrialización se tejían a mano con diferentes técnicas: punto, ganchillo…
Las más deseables eran de seda, y las más calientes de lana. Pero las había de otros materiales, dependiendo del poder adquisitivo y la época del año.



Camisa suelta

Se vestía bajo el corsé, y era de un tejido fino. En contacto directo con la piel, se podía llegar a utilizar como camisón para dormir una vez “desvestidas”. Pero desde 1870 hombres comenzaron a adoptar el pijama como prenda para dormir, considerándose el no va más de la sofisticación hacia 1900-1920 entre las señoras modernas, que tenían pijamas para descansar, para ir a la playa…

Corsé o corset

Aunque se data hacia 1840, en realidad las mujeres llevaban vistiendo “coses” y prendas similares desde la Edad Media.
Las placas interiores y el sistema de cordelado para ceñirse en realidad tenían mucho que ver con los jubones y prendas que los caballeros vestían bajo su armadura.
Servían para modelar el cuerpo desde los hombros hasta las caderas, y sobrevivieron en lo cotidiano hasta la Primera Guerra Mundial. A comienzos del siglo XX pasaron a usarse “corsés de cintas”, con cintas horizontales en combinación de las ballenas de largas piezas verticales.
Los corsés se confeccionaron durante décadas en estilos y materiales muy diferentes.
Conoce las características e historia del corset victoriano en detalle aquí.

Crinolina

Al igual que el corsé, el miriñaque o crinolina victoriana también tiene un origen medieval. En España se puso de moda en la época de Enrique IV, y consistía directamente en círculos de cintas rígidas (probablemente juncos combados) que se cosían directamente a las faldas.
Ya en época victoriana se data hacia 1830, arrollando en la moda de entre 1850 y 1870.
Su uso fue muy polémico, sobre todo en el caso de los grandes enjambres de aros que disparaban la amplitud de las faldas, descontrolando los movimientos de las mujeres y provocando terribles accidentes junto a las chimeneas

Cubrecorsé

El cubrecorsé victoriano era una especie de pequeña camiseta que se colocaba sobre el corsé y llegaba hasta la cintura (alta de las enaguas).
Los cubrecorsés antiguos conservados presentan una enorme variedad: de hecho es una de las prendas que por su laborioso trabajo y pequeño tamaño más se han conservado, llegando en gran número desde el siglo XIX hasta la actualidad.
Se decoraban con pasalazos, incrustaciones de encaje, puntillas, lazos de raso y seda…

Enaguas

También conocidas como petticoats, estas faldas cumplían el dicho de más es más: cuanta más cantidad, más almidonadas y más voluminosas, mejor que mejor. Pero además de utilizarse para dar forma y caída a la silueta, también tenían una función práctica, ya que permitían caminar sin que las largas faldas se trabasen entre las piernas y te mantenían caliente en una época en la que la calefacción central estaba por descubrir.

Entre todas estas prendas, pueden distinguirse dos funciones bien distintas: por un lado están aquellas encargadas de conformar la estructura sobre la que asentará el vestido, moldeando la silueta; del otro, están aquellas prendas con un fin puramente higiénico y de abrigo, destinadas a proteger y calentar la piel bajo el traje exterior.

Aunque no hemos incluido los zapatos entre las prendas interiores victorianas, es importante recalcar que no fue hasta muy finales del XIX que las mujeres se decidieron a mostrar sus zapatos. Hasta se momento, el largo de las faldas los hacía prácticamente invisibles incluso al moverse.


Patrones para confeccionar lencería victoriana

Los patrones de lencería victoriana se vendían en suplementos y revistas femeninas. Aunque muchas mujeres optaban por comprar las prendas ya confeccionadas y luego adornarlas a su gusto, al tratarse de objetos tan personales e íntimos, muchas optaban por hacérselas ellas mismas. Los manuales de bordado de la época también incluían diseños especiales para este tipo de prendas.

Hay patrones victorianos para todas las prendas interiores. En principio están diseñados para confeccionarse en un tejido de algodón lo bastante resistente como para soportar bordados y tensiones, pero igualmente suave y cómodo en contacto con la piel. Los patrones victorianos originales requerían de un cierto nivel de interpretación, mientras que las recreaciones actuales basadas en prendas y figurines de la época, responden al tallaje contemporáneo y se venden con escalado.